Cuando vi las primeras ojeras y los parpados morados en el espejo del baño, respiré algo hondo y busqué alguna excusa lejos de eso.
La conciencia no era conciente de que, hacerme a un lado del juego y las hordas dulces del sexo cabernet, iba a dejar sin improvisar este descalabro parado frente al espejo. Desnudo, madrugando sin mañanero.
Sensación. Era ese el efecto de la no sacudida de un viernes distinto. Lo imaginaba unas semanas mas adelante. Calvo, mentón prominente, juanetes y rodillas hinchadas. ¿Cómo iba a sobrellevar su alma la restricción de una necesidad fisiológica?
Lo veía a esa hora con el sábado recién saliendo. El pasillo era oscuro y mis lagañas no permitían demasiado. Igualmente lo vi de perfil, imaginándose cosas en su cabeza agónica. Sin metejón, sin piel ni cabernet.
Tinto. Extraño tinto. Las ventanas cerradas sin ropa desmayada. Paso por el mediodía, bostezo y sin querer hacerlo, veo una botella de vino sin abrir, sin ser gozado y sin marcas de manos. Solo e intacto sobre la mesa de luz.
Giré varias veces en el lugar hasta quedar en el pasillo donde veo al madrugador encorvado en el baño, respirando hondo y acelerado, maldiciendo en voz baja, golpeando el espejo al grito de ¡Sexo cabernet! ¡Sexo cabernet! ¡Nooo!
Sangre, colorada sangre entre esquirlas cristalinas y una sombra secándose los ojos a la mitad del pasillo, sufriendo la escasez de la carne divina, del goce y el entrecortado aire.
Mientras yo doy cuenta rápido de que, gracias a Dios, el sexo y el cabernet los tengo en la habitación contigua.
