El pasado de Have


Gracias.


Siempre trato de escribir en el aire todas las cosas que es y significa. Y se me llenan los ojos de colores. Por ejemplo con lo inmediato, lo que pasó hace un rato. Es la imagen de cuando abrió el paquete y sacó las capellinas para los muffins. O es ella dibujando después de almorzar, abriendo la boca para decir el próximo plan o cuando es tarde y tiene sueño y levanta los hombros para invitarme a la cama.

Y cuando en el aire trato de hacer una lista llego al mismo lugar. A la no certeza. No encuentro la oración precisa. Y ahí otra vez secuencias.
Dejando migas en la mesa, recortando letras para un cartel de bienvenida, envolviendo una sorpresa con papel de color, comiendo un Bon o Bon por partes, cerrando los ojos cuando pide un deseo. Abriéndolos cuando sale del agua. En puntitas de pies en esa manía de poner las manos en el cielo, o levantándolos al pasar por las vías, o cuando abro los ojos y tengo ahí, cerquita, los de ella con las pestañas bajas en un sueño. O Al abrazarme, para llevarme a un lugar mejor.
Y esas veces que estoy cerca de terminar ese viaje presagioso logrando el último renglón sobre ella hay una sensación que se suma. Una diapositiva más, llegando al lugar de dónde saca los mejores instantes.

Los viajes nocturnos a los que me lleva hablando bajito, a un bosque lleno de retamas y lupinos, a un lago que se plancha con su voz mientras hundo los pies. Y los dejo. Ahí, hasta después del beso de un helado con almendras.
Las monedas de chocolate, los lunares de su espalda, los soquetes de corazones, el pelo largo y el corto y las zapatillas floreadas que eligió. El hacer siempre cosas para que las metáforas no se mueran de frío. El clima y los días de humedad que giran sus ojos al verde. Haciendo llover para que luzca mejor cuando cruzamos corriendo cualquier calle de la mano y a los gritos.
Separar un cuaderno en tres y darme palabras para cuando vayamos más lejos. Hablarme de lo importante del futuro y del pasado, de la persona, del verb to be y del resto. Escucharla. Mirarla. Y seguir mirándola. La cuchara con dulce, el beso que busco y recibo cuando presto atención. Cuando pronuncio y ella sonríe.
Hay veces que me cuesta pronunciar, lo sé. Pero aparece el equilibrio en las palabras. Lo complejo, lo simple. Como su nombre, incierto y espontáneo y con acento en la e.

La mesura de un renglón limpio acostado en un espacio en blanco, una bocanada de aire caliente para la pausa, para dejar que el saco de té se conozca con la miel. Y seguir armando párrafos, seguir armando partes de aire.

Me explica el presente. I have tal cosa, dice. I have a question. I have a dream. Y hace ademanes en el aire y tira para todos lados lo que estoy intentando escribir.
Cuando mueve las manos mueve los hombros y mueve el pelo y el sol hace el resto. Y todas las cosas que es y significa flotan en el domingo y no puedo atraparlas. No puedo traerlas al aire que está en frente mío donde las estaba escribiendo. Porque en este segundo de nosotros ella es mi profesora y me está enseñando algo sobre have y tengo que aprender si quiero después el beso. Y miro alrededor y me pierdo. Porque ahora va para atrás. Justo ahora. Me habla del pasado y nombra algo de had pero no puedo escucharla. El sol se corre de lugar y está haciendo algo en su pelo y yo vuelvo a desconcentrar.
Ella sigue. You had qué cosa. Pregunta. Me mira.
Yo tengo todo el aire desordenado. No encuentro nada.
¿Qué tenía? Palabras. No me quedan más palabras.

Si cada domingo una pregunta

Elegir entre el bien y mal, entre otras cosas más profundas.
Luna Morena, mi nieta. Bella, los labios de la abuela, cejas firmes, voz segura, manos suaves, ojos de toro como el abuelo.
Su pregunta condimentó lo real y lo más acertado, o lo más superfluo y nefasto y banal y mentiroso que uno puede llegar a ser, por menos peligroso que para ustedes sea, hay algo que el mundo moderno no entiende. No comprende que todos somos potencialmente peligrosos. Temporalmente caballeros. Y cautos.
¿Por qué escribo en la misma línea esas ambigüedades? Porque no lo son.
Ser caballeros señores, implica un espíritu sigiloso, un corazón lo suficientemente inmune para amar a más de una mujer, más de un lugar, e incluso, más de una película.
Lo que nos convierte en peligrosos por dejar al lado del camino, las mujeres más hermosas y más desnudas que comprueban la existencia de Dios, supremo y poderoso.
Retomo: Por eso cuando Luna Morena preguntó: -“Abu, ¿Crees en la poesía junto a la fidelidad?” dejé caer el asombro, dejé que mis anteojos recetados se bajen solos a la punta de mi nariz, y dejé, solo para no hacerme cargo, que el pasado venga y el futuro sencillamente desaparezca.
No iba a encontrar la respuesta en mis primeros cincuenta años, no soy lo suficientemente cómodo para sentarme a idealizar el pasado, como muchos que al perder sus ideales pasan la segunda mitad de la vida añorándolo.
Sentí que era mi primera situación límite en la segunda etapa de vida. Poesía y fidelidad juntas, mi nieta mirándome y yo, optando por la profundidad de un pensador de cincuenta y pico o la vulgaridad de los corazones del nuevo siglo.
Como dije al ver por primera vez a su madre: -“Uno es ajeno a su propia obra” porque las vivencias no certifican verdad, no salvan vidas ni son pensamientos lógicos para todos. El otro, es quien, debidamente y religiosamente debe afinar su vista y ver, o no, a uno con sangre crítica. Le dije eso también a ella. No tardé y mis argumentos fueron que lo poético y lo fiel, pasan por dentro de uno. Una mujer, una familia, una buena parrilla y algunos discos. Eso es lo visible y lo publicitariamente ideal, pero no podemos canalizar el amor, el deseo y evitar la existencia del otro por una norma regida a partir de lo moral y perpetuo.
Le solté la verdad. Respondí lo que pensé desde un principio, escuchó el no del abuelo y sus ojitos me miraban con atención.
Después de todo la palabra de un abuelo a una nieta vale por dos, por tres, y hasta por diez. Pasando los cincuenta me acababa de dar cuenta que a veces no hay nada más poético que un hombre de palabra.

Los cuatro lados del sendero


Cuando pisó el caracol quedó parado en el lugar encogiendo un poco los hombros. Pero duro. Parado sobre el cadáver que nada tenía que ver. Mirando lentamente para todos lados como buscando alguien para hacerlo cómplice.
Se asustó por el crujido que vino de abajo del zapato. Fue un segundo de pena que lo saco de la concentración, y lo puso en otro sitio, incluso estando ahí, parado en el mismo lugar.

La última vez que entro había un nogal, de eso se acuerda. El acto reflejo fue tocar el interior de sus bolsillos en busca de nueces. Pero no. Se quedo pensando (todo esto parado sobre el cadáver).
Ahora era de noche, y si miraba hacia atrás, veía del otro lado del cerco de piedras, que en la calle se levantaba una densa polvareda cada vez que pasaba un auto. Ósea, dos o tres veces en la noche. Una nube de tierra seca que es sólo tierra de un pueblo castigado por la sequía. Y que cada tanto, como una escalera caracol firulea en forma de nube y se levanta en la noche dándole la espalda.

adelante
Si mira para adelante encuentra el caminito de piedras que él mismo puso, una a una, con ella. No se olvida lo mucho que le gusto hacer ese camino. Ella parada, a su costado, indicándole dónde encajarlas, con esa manera dulce que tenía para decir las cosas. Para acomodar, organizar e incluso alinear planetas.
Él, arrodillado, a la tardecita, pasaba una mano de cal y ponía la piedra. Luego giraba y la miraba, la miraba, la miraba…Le daba justo el sol en la espalda y le hacía un contorno dorado que nunca pudo explicarlo demasiado, pero le encantaba.

costados
Si mira a los costados (a cualquiera de los dos costados), encuentra duraznos desparramados en el césped. Puestos ahí con intención, con la idea de formar algo, quizás, si se ven desde arriba.
Parado en el lugar se lamenta que no esté el nogal. Le hubiese dado altura para ver qué formaban esas frutas, y casi se le olvida, también le hubiese dado algunas nueces para echar en sus bolsillos.

Ahora, después del lamento, de mirar a su alrededor y de calcular, decide seguir caminando por el sendero de piedras hasta dar con la casa y darle la sorpresa apenas se haga de día.
Cuando imaginó este momento siempre lo soñó con el sol saliendo, sin nada de viento, y con dos nubes pequeñas. Pero ahora, en medio de la noche, habiendo matado un caracol y con todos esos duraznos alrededor, al diablo con el sol, que amanezca como tenga que amanecer.

A lo lejos (no tan lejos), se puede ver la casa. Tiene un pequeño recibidor con un juego de sillas de caña, dispuestas una a cada lado de la puerta de entrada.
Las ventanas siguen teniendo esas persianas con tabletitas (ella siempre las llamó Americanas), y él ahora imagina que se entreabren, como un ojo que parpadea, como una ceja que quiere hacerse ver. Pero mejor que no. Que por favor siga descansando. Para eso está la noche. Para descansar, o para caminar por ese sendero y matar la mascota (quizás era la mascota), de la dueña de casa.

atrás
Al sentarse en el recibidor puede ver lo que tuvo a sus espaldas hasta distinguir el otro extremo del jardín. Puede ver los duraznos (aunque le sigue faltando altura), y (conociéndolo) va a pasarse el rato de noche que queda, pensando en qué quieren decir esas frutas puestas ahí. Se lo va a preguntar después de abrazarla, y cuando le responda, va a salir al jardín a recoger algunos para hacerle la tarta que a ella tanto le gusta.