Emilia no tiene vértigo


En el tiempo que lleva en su nuevo departamento cuatro remeras pasaron a ser piyamas. Nada le dura nada. Pero sabiendo esto y siendo consciente de su suerte en los últimos meses, armó la mochila casi olvidando el líquido para sus lentes y poniendo algunos chupetines para prevenir el bajón de azúcar.

Emilia terminó el año con varias decisiones tomadas, ser ingeniosa con lo que hay en la heladera, empezar a buscar dos piyamas para alternar y siempre tener una 2da opción para sus fines de semanas largos.

Aunque es un tema en el que nunca pensó, Emilia no tiene vértigo. No tiene relación con las alturas, ni siquiera una relación a distancia, nunca en todo este tiempo se puso a pensar en si tiene o no tiene vértigo.  Aunque lo supone, lo siente de algún modo, como ayer cuando hicimos la caminata. Estaba sentada sobre un pilar de cemento alto que daba vértigo. Que me daba vértigo de solo mirarla, por eso lo digo.
Lo que sí sabe Emilia y tiene la certeza, es que su problema es con los verbos. Es perseguida por los mismos verbos odiosos que todavía no puede superar, en esa lista escrita a mano aparece el verbo que parece venir a molestarla este verano, el verbo saltar.

En el tiempo que estuvimos juntos no me animé a preguntarle sobre esto, solo sé porque la escuché. Lo dijo dentro de una oración, de un modo que quede casi oculto, sin demasiado protagonismo, dijo que no le gustaba, lo dijo; y la conversación siguió hasta que llegamos a hablar sobre el viaje, sobre el marco en el cuál ponía todo su enero, que significaba mucho, que debía ser llenado con buenas ideas, etc., etc. Dijo que debía adaptarse  a la temperatura, respirar más despacio y desayunar bien. Me acuerdo que agregué una cosa: Poner en su mochila una botella de agua todas las mañanas. El dato le gustó.

Respirando así y con zapatillas de caminar, se encaprichó con recorrer cada baldosa y cada esquinero de la ciudad, almorzando donde anunciaban el menú en pizarras escritas con tiza y yendo a la noche de visita a algunos bares, que siempre trataba de recordar dónde quedaban cuando pasaba en sus caminatas.
Así, siguiendo la hilera de casas y casonas y anotando datos sobre cúpulas y balcones llegó hasta un punto exacto donde había mucha gente alrededor de algo. Quiso saber qué ocurría, empezó a escurrirse entre las capas de personas que tenía adelante, con permiso, con paciencia y siguiendo el inicio de los aplausos fue que llegó hacia adelante. Ahora sí sabía lo que pasaba. Y es increíble que un minuto esté partido en tantas partes.
Emilia no pudo seguir respirando despacio, lo que pasaba delante de sus anteojos era una estatua. Una estatua que vivía pero que no movía su cuerpo. En ese minuto tuvo que resolver cómo salir de ahí sin entrar en pánico, decidió hacer a un lado los verbos, acordarse de casi nada y tratar de salir de ese espacio con estatua en pocos movimientos.
Lo que siguió fue, quizás, la segunda parte de ese tiempo. La gente, toda la gente formando una muralla, los foquitos de colores de los negocios, los nenes a la altura de la cintura, la sensación térmica, la de no poder salir de ahí, el taconear de los caballos sobre el empedrado, el olor a harina de maíz, los extranjeros con sombrero vaquero, hombres en sandalias y faroles bajo consumo, todo eso pasó en tres bocanadas de aire de Emilia, mientras el sonido de los carruajes se escucha más ahí, más cerca suyo, logrando salir de donde quería huir pero tropezando, dejando una pierna muy atrás y las ganas demasiado adelante. Ahí tropieza, ahí el minuto pasó a otro y ella cayó al adoquín con el taconear cerca, ahí nomás de sus anteojos.
Tuvo que resolver rápido y aunque se negaba, tenía pocas opciones y pocas ideas. Se paró, midió distancia, midió propulsión y saltó hacia el cordón de una vereda alta, casi como el pilar de cemento. Una vereda colonial, acantilada, bien molesta para Emilia.

Cuando dio por segura la escapada y se alejó de la calle apoyando la espalda en la pared, ni siquiera buscó refugio en metáforas para evadir el tema, ni siquiera me miró. Empezamos a caminar para alcanzar al resto mientras se hacía algunos arreglos en el pelo y se limpiaba las rodillas ennegrecidas. Caminamos cada uno en algo más, yo mirándola como haciendo una introducción para que diga algo, ella mirando hacia arriba, como haciendo una recuento y anexando nuevos puntos, sacándose de encima el verbo y lo último de polvo de su remera.

Ahora ella ya sabe que le deja enero: Si hay que tomar riesgos y saltar, está bien, ella salta; pero liviana, para tener un salto más armonioso. Y para eso, empujar de las veredas a todas las estatuas vivientes es su nueva decisión.

Creador de atmósferas


Si el clima decide cambiar va a llover. Y con esa cantidad de agua no podrá salir del campo. Y tendrá que quedarse una noche más. Así da la sumatoria, toda la secuencia termina en eso, en él pasando otra noche con el viejo en la casa del casco.

Y el viejo no quiere que se vaya. Ya sabe que una vez convencido por el clima todo será más fácil. La tabla grande de madera con salame, queso en cuadraditos y aceitunas negras, un vino que ya subió del estante de las botellas y después algunos cuantos troncos de eucaliptus para que no se duerma el fuego, para conversar mientras los troncos hacen ruido hasta que los venza el sueño. Ese es el panorama.

Al viejo, al mismo tiempo que planifica todos los movimientos dentro de la cocina y alrededor del hogar, se le dibuja una sonrisa al agarrar la jarra de agua. Una sonrisa grandota, de esas que solo entran y se dibujan en las caras de los viejos, una sonrisa que traía una idea precisa para hacer que se quede.

Me cayó una gota, le dijo al viejo ni bien salió de la casa para cargar los bolsos. Se paró en el jardín y se tocó la mejilla. La tenía mojada.
Mirá como está allá abajo, dijo el viejo. Él busca de donde viene la voz y la encuentra, el viejo desde el balcón estira un brazo y señala el horizonte, justamente a eso se refiere con allá abajo, siempre trazando alguna parábola para referirse al cielo, al sol o al horizonte o a cualquier fenómeno intangible que ve por el campo.

Si ya está así no va a demorar mucho la lluvia. Y ya sabe qué pasa cuando acá empieza a llover.
Él lo escucha y vuelve a tocarse la mejilla. Me cayó una gota recién, insistió.
El viejo devuelve el comentario con una mueca, vacía, con pocos gestos, como si la mímica molestase.

Tiene todo listo para irse del campo pero la respuesta del viejo lo dejó con una indecisión que parece imposible de resolver. Es el clima con toda la secuencia. Y también con la mejilla mojada en el jardín, casi noche, casi seco. Mientras el viejo, desde el balcón de madera, custodia atento cualquier pensamiento con la jarra de agua atrás, en su espalda, atento para salpicar y hacer llover otra vez.