Para alquilar balcones

Se le decía así para describir a los momentos increíbles. La expresión reunía todos los condimentos, todas las sensaciones para que algo sea extraordinario. Ahora ya no se usa más…
Cuestión que la historia de ellas fue "para alquilar balcones".
Era la época de la radio Am y del vermú. En esa época, Helena y Rosa se sacaban los ojos. Todo lo que hacían, pensaban y decían, lo hacían, lo pensaban y lo hacían, para jorobarle la vida a la otra.
Una tenía unos cuantos morlacos guardados, la otra no paraba de pensar en qué lugar estaban escondidos, quería sacárselos, quería bien gastarlos en abrigos de piel. Siempre dijo que su hermana era una marmota, una pijotera, una descocada.
La marmota, según Rosa, era Helena.
Así, inventando puteadas y buscando adjetivos tenían insultos para pasar el invierno con suficientes municiones. Cualquier favor en tiempos de paz podía sacar a la luz a la hermana histriónica y bipolar, "¿me pasas el huevo para pintar la pascualina?"
"¿por qué no lo agarras vos?, ¿No ves que estoy ocupada mirando lo chuecas que son tus piernas?"
En un tiempo una iba todos los martes a la panadería de la esquina porque ese día sacaban unos pastelitos de batata que eran una delicia.
La hermana siempre la acusaba de egoísta por irse a comer los pasteles a la plaza, se te van a acalambrar las carretillas, te vas a atragantar un día y me va causar mucha gracia.
La egoísta, según Helena, claramente era Rosa.
Tenían un tiempo de tregua, a esto ya lo dije. Lo raro era que no se pautaba, sino que se peleaban y dejaban de hacerlo de un momento a otro, comportamiento que hacía difícil estar ahí porque nunca se sabía quién disparaba primero.
Pasaron toda su vida en la misma casa, sabiendo que al despertarse la otra ya tendría el ataque perfecto.
No se separaron ni siquiera en la madurez de sus setenta y pico, para ir una de las dos al hogar de ancianos, o en su adolescencia, para hacerse de novias y casarse y convivir con un muchacho. Ni tampoco cuando estuvo la oportunidad de préstamo para vivienda de algún banco peronista. Siempre juntas, "forever" como dicen ahora los chicos.
Rosa pasaba todo el día en la casa, se encargaba de tener todo limpio y en orden, además de preparar las comidas y recibir las cartas que le enviaban del Colegio de Farmacéuticos a su hermana.
Helena era "la inteligente", así se auto proclamaba en reuniones sin tener cuidados a la hora de hablar. Ella la inteligente y su hermana la tonta.
La tonta en estos casos se despachaba con chismes que no siempre eran falsos. Contaba que Helena se ponía pollera cuando iba el jardinero, o que se pintaba los labios los domingos de mañana para salir a caminar. Los que pasan para la iglesia a la misa de las diez, siempre la miran.
Relatos que ya eran leyendas, para los invitados fijos u ocasionales de la casa las historias de las hermanas se agigantaban al punto de ser un resabio para la posteridad. Se ridiculizaban y les encantaba.
Cuando las compañeras de tejido de Rosa pasaban el domingo en la cocina, Helena no se movía de allí. Las miraba, les servía tibio el café o les convidaba masas del día anterior con tal de espantarlas. Después, solas, sin público ni testigos, los ataques eran feroces. Vinagre y sal a los pies de la cama, el crucifijo que Rosa tenía arriba de su cama en la pared, amanecía dado vuelta e incluso con un diente de ajo. Era la señal apocalíptica, el deseo perpetrado. Se deseaban lo peor. Y punto.
Helena era quien pagaba las cuentas cuando iba para su trabajo, y la que encargaba el pan para el mediodía. Ahí era cuando Helena, por ejemplo y para nombrar una más de las fechorías, le hacía pasar la lengua al perro del vecino a unos cuantos mignoncitos que después serían el acompañamiento del almuerzo de su hermanita del alma.
La catarsis, la descarga, el manifiesto, la convivencia tenía una febril experiencia día a día, cualquier barbaridad estaba permitida.
El día que Helena murió su hermana lloró lamentada. Tenía nuevas ideas para implementar y justo ahora, quedaba sola. Por eso no le quedó otra que morirse cuatro días después, dejando antes un poco más de vinagre donde su hermana se sentaba, no vaya a ser cosa que reviva.
De su historia casi que no me acordaba, suelen pasar esas cosas, últimamente no las tuve presente. Hasta hoy, que encontré debajo de la mesa, de esa que tenían en el comedor, escrito con tiza "Rosa es una puta".