Poseo la convicción de que los amores no se imponen, ni siquiera se eligen. Pienso que en todo caso los amores son los que optan, los que se le imponen a uno.
Así lo pienso y por ello opté en cerrar de una vez y para siempre lo que comenzó en el taller, antes del aluvión de frases edulcoradas y pactos pre-matrimoniales, aunque periódicamente me reproche cierta prescindencia fatalista en el modo de excluir lo pasado.
Pero, mi juventud posa sobre doble apellido. Se alterna entre galardones del entorno familiar y mi tendencia por acostarme con hombres treintañeros.
Gozar del beneficio de no ser juzgada por mi círculo intimo me tranquiliza y me libera de mi falsa educación de etiqueta. Aparte de asegurarme que el status de mis padres permanezca intacto.
Soy conciente que tengo adolescencia para un buen rato, con todo lo que eso significa. Por eso no quería disfrazar mi pensamiento con títulos de noviazgo ni mucho menos imaginarme esas formalidades empalagosas por las que mueren mis compañeras.
La decisión vino por ese lado, no podía ni debía. Y punto.
Mi doble apellido, mi alta cuna y mi fama de nena buena me avalan.
