Los cuatro lados del sendero


Cuando pisó el caracol quedó parado en el lugar encogiendo un poco los hombros. Pero duro. Parado sobre el cadáver que nada tenía que ver. Mirando lentamente para todos lados como buscando alguien para hacerlo cómplice.
Se asustó por el crujido que vino de abajo del zapato. Fue un segundo de pena que lo saco de la concentración, y lo puso en otro sitio, incluso estando ahí, parado en el mismo lugar.

La última vez que entro había un nogal, de eso se acuerda. El acto reflejo fue tocar el interior de sus bolsillos en busca de nueces. Pero no. Se quedo pensando (todo esto parado sobre el cadáver).
Ahora era de noche, y si miraba hacia atrás, veía del otro lado del cerco de piedras, que en la calle se levantaba una densa polvareda cada vez que pasaba un auto. Ósea, dos o tres veces en la noche. Una nube de tierra seca que es sólo tierra de un pueblo castigado por la sequía. Y que cada tanto, como una escalera caracol firulea en forma de nube y se levanta en la noche dándole la espalda.

adelante
Si mira para adelante encuentra el caminito de piedras que él mismo puso, una a una, con ella. No se olvida lo mucho que le gusto hacer ese camino. Ella parada, a su costado, indicándole dónde encajarlas, con esa manera dulce que tenía para decir las cosas. Para acomodar, organizar e incluso alinear planetas.
Él, arrodillado, a la tardecita, pasaba una mano de cal y ponía la piedra. Luego giraba y la miraba, la miraba, la miraba…Le daba justo el sol en la espalda y le hacía un contorno dorado que nunca pudo explicarlo demasiado, pero le encantaba.

costados
Si mira a los costados (a cualquiera de los dos costados), encuentra duraznos desparramados en el césped. Puestos ahí con intención, con la idea de formar algo, quizás, si se ven desde arriba.
Parado en el lugar se lamenta que no esté el nogal. Le hubiese dado altura para ver qué formaban esas frutas, y casi se le olvida, también le hubiese dado algunas nueces para echar en sus bolsillos.

Ahora, después del lamento, de mirar a su alrededor y de calcular, decide seguir caminando por el sendero de piedras hasta dar con la casa y darle la sorpresa apenas se haga de día.
Cuando imaginó este momento siempre lo soñó con el sol saliendo, sin nada de viento, y con dos nubes pequeñas. Pero ahora, en medio de la noche, habiendo matado un caracol y con todos esos duraznos alrededor, al diablo con el sol, que amanezca como tenga que amanecer.

A lo lejos (no tan lejos), se puede ver la casa. Tiene un pequeño recibidor con un juego de sillas de caña, dispuestas una a cada lado de la puerta de entrada.
Las ventanas siguen teniendo esas persianas con tabletitas (ella siempre las llamó Americanas), y él ahora imagina que se entreabren, como un ojo que parpadea, como una ceja que quiere hacerse ver. Pero mejor que no. Que por favor siga descansando. Para eso está la noche. Para descansar, o para caminar por ese sendero y matar la mascota (quizás era la mascota), de la dueña de casa.

atrás
Al sentarse en el recibidor puede ver lo que tuvo a sus espaldas hasta distinguir el otro extremo del jardín. Puede ver los duraznos (aunque le sigue faltando altura), y (conociéndolo) va a pasarse el rato de noche que queda, pensando en qué quieren decir esas frutas puestas ahí. Se lo va a preguntar después de abrazarla, y cuando le responda, va a salir al jardín a recoger algunos para hacerle la tarta que a ella tanto le gusta.