A Carlos Luna le quedó la certeza de que no sabe morir. Si no murió esta mañana nunca lo hará. Quiere que ahora, al doblar la esquina de Lavalle quede en medio de una balacera y que por favor le disparen en el pecho. Que le den un balazo seguro a la altura de la corbata que lo fulmine para no sentir nunca más la angustia que tiene. Se aleja de lo que acaba de sucederle y va caminando lento buscando respuesta.
Si Dios atiende en Buenos Aires, él con su cara pide que alguien le pase el teléfono, o al menos le diga que colectivo lo deja cerca.
Está levantado desde muy temprano para cumplir con la rutina de embarques que arranca en Monte Grande, en el codo sur del gran conurbano. Una rutina trabajosa y forzada que, según él y a ésta altura, va a finiquitar el día del arquero.
Ha caminado doce cuadras hasta la estación de trenes, viajó cuarenta minutos hasta Constitución, bajó al subterráneo y empalmó con línea B para aparecer y ver el sol tibio que se colaba por la boca del subte. Emergió de pantalón de vestir, zapatos acordonados, chaqueta cuello alto y corbata colorada. Impecable. Soberbio. Listo para entrar a la remisería y levantar los pedidos de una mañana normal, llana, sin sobresaltos.
Antes de tomar su puesto pasa por el sanitario, desenfunda un peine del bolsillo de la chaqueta y corrige paciente ese mechón rebelde que lo tiene molesto. Lava sus manos, se mira al espejo y sonríe. No sabe muy bien por qué, pero sonríe.
Si la vida le hubiese avisado a Carlos Luna lo que estaba por vivir, seguro que acomodaría u organizase ciertos hábitos y formalidades matutinas de otro modo. Si cualquiera de nosotros fuese puesto en aviso sobre tal o cuál acontecimiento, la víspera pasaría por otro lado. Pero Carlos Luna tampoco goza de esos privilegios.
Despachó un par de coches para el lado de Barrancas y mandó dos autos a buscar pasajeros a Retiro. Abrió de un tirón un paquete de cigarrillos, sacó uno e inclinó la cabeza a un costado, como buen fumador, para acompañar la ceremonia de encendido con cuerpo y alma, con ímpetu, como siempre lo hace.
En ese justo momento la remisería se le vino encima. Los teléfonos y Buenos Aires quedaron en silencio. Fue justo con la primera pitada que ella apareció delante suyo. Con el humo del Benson aún sin disiparse. Carlos Luna sintió una patada al corazón, vibró por todas partes y saludó. Inerte. Desnudo de sentimientos. Apabullado por la naturaleza. A la intemperie en medio de la remisería. Le dijo Hola. Le dijo Hola y nada más. Lo que siguió no se lo acuerda. Sabe que fueron movimientos rápidos, que quiso improvisar y no perder la tranquilidad. Sabe que quiso ser gentil, que quiso no pasarse de la raya. En esa cantidad de microsegundos fue imposible encontrar un piropo refinado. Y las cortesías que ha escuchado mil veces en las películas no le jugaron una buena pasada. Carlos Luna en ese momento no tuvo más medicina que un Hola.
Justo después del saludo, un chofer libre de pasajeros le abre la puerta y se la lleva para siempre. La cambia de destino. Cruza al otro lado de la avenida. Y se conjuga con los otros autos, con los otros taxis y los otros mortales que van para ese lado. Ese lado que Carlos Luna nunca sabrá para donde va.
La patada al corazón lo dejó acodado a su mesa de pedidos. Con la boca abierta y el cigarrillo olvidado desapareciendo en cenizas.
Pero entre ceja y ceja quedaron datos para no olvidar nunca jamás. Cabello castaño. Más bien clarito, un rostro perfecto y un par de ojos como faroles, que le hicieron acordar a la actriz de La Piel Suave, esa de Truffaut que vio en el cine cuando recién llego a la Capital. Un vestido a rayas que no recuerda el color pero sabe que la hacía hermosa y una cadenita colgada del cuello con una inicial. Una B plateada que podría tener mil nombres pero que él le puso Beatriz. Porque Carlos Luna siente, que justo a ese sueño tiene que ponerle nombre.
