Ramona y la sensación

Según ella es la sensación más maravillosa de todas y todavía no tiene nombre.
Ella dice que ejercer el oficio de las exactas sirvió para equilibrar. El final de cada problema es un número, pero también es la clara señal de que en ese mundo no hay lugar para la magia. Gracias a Dios que existen las palabras y las metáforas para hacer un mundo de magos. El equilibrio, justamente.
Desde la cama, con la vista busca la bata y la manta, anoche por esa sensación olvidó donde dejó el abrigo. Se levanta con movimientos lentos, pausados. Tiene prisa, pero va lento. Siente la primera bocanada de aire de la mañana. Es un hábito suyo. Cuando sale de la habitación y pasa por el comedor el aire es otro, es distinto. Dice que tiene otro color porque está más cerca del parque, más cerca de los árboles y del lago.
Está ansiosa, sabe que está por llegar por esa brisa virgen que viene de afuera. No le hace caso al almanaque ni al noticiero. Tiene que ser. Los años no vinieron solos y conoce ese momento con exactitud matemática. Incluso ayer salió al césped, para juntar las hojas del jardín.
No le importa lo que dirá el médico, otro que le hace falta magia, dice. Tiene que estar todo impecable, por eso hizo el esfuerzo. Siente muy adentro que ésta, puede ser la última vez que la vea llegar.
El rechinar de sus huesos no importa y las molestias de la cadera parecen callarse para no perderse el instante. No tiene miedo de terminar en el piso, o sí, tiene un poco pero se tiene fe. Después de todo siempre estuvo de pie para recibir las cosas más importantes.
Le recorre los brazos una brisa familiar. Va camino a lo que busca, por lo cual no durmió, por lo cual vive donde vive desde hace más de sesenta años.
Camina despacito. Despacito hasta tener la puerta de calle delante suyo, lo hace mientras piensa de nuevo como describirla. Quizás no haya más metáforas, piensa.
Apoya su frente a la altura de la mirilla y trata de concentrarse. Quiere sentir todas las veces que alcanzó ese momento. Se siente respirar, siente como el pecho se le infla y hace lugar para más momentos. Siente como las plantas de los pies la ayudan a estar firme, para verla otra vez, para llenarse de nuevo los ojos.
Toma aire. Pocos momentos en su vida son tan significativos como este. Es una buena señal la serenidad que antecede, los ruidos apagados, la casa, su cabeza, el mundo, todo en silencio. Toma el picaporte y lo tira hacia abajo. La puerta se abre. Ella tiembla y sabe que no es por el frío. Todavía no quiere abrir los ojos porque está sintiendo como lo que trae la envuelve una vez más.
Se toma del marco y se para de cara al jardín. Siente el rostro seco. Limpio. Ve todo alrededor para acunar el paisaje en sus ojos negros, los primeros copos pintándole el alma, el césped, llenándose de blanco para cambiar de historia. El lago planchado. Las montañas vistiéndose, el cabello perfectamente despeinado y las lágrimas y la sonrisa dibujadas para siempre, habiendo encontrado la sensación que le faltaba. Porque cada vez que vio nevar le significó eso, sentir un avispero en el corazón.