Auditórium

Noche perfecta de un viento calmo.
Mira la ruta que lleva y trae gente. Que tiene luces chiquititas a los costados con alambrados oxidados.
No se cansa de contar las muchas estrellas de su pueblo.
Las cuenta y les cuenta.
Les cuenta que por más que ellas vigilen y guarden secretos, cada tanto tienen que ceder.
Pone manos a la obra. En cada caminata por el costado del camino las mira, las piensa y les escribe.
Les escribe líneas con música. Desenfunda su guitarra y compone para ellas, para que sean seducidas, para que sientan ganas de caer y ser fugaces. De esta forma los pueblerinos, pedirían deseos.
Los lugareños ven el cielo pincelado a tintazos de estrellas que se desprenden en centellas. Los vecinos salen a la vereda a pedir deseos, a comentar lo mágico de las estrellas fugaces.
Mientras el cielo negro brilla y todos los ojos son grandes. La noche sigue y los días pasan y el andar del tiempo corre con deseos cumplidos, teniendo al gaucho componiendo a oscuras sin que nadie lo sepa, tan compenetrado como si fuese todavía el primer verso.