Si cada domingo una pregunta

Elegir entre el bien y mal, entre otras cosas más profundas.
Luna Morena, mi nieta. Bella, los labios de la abuela, cejas firmes, voz segura, manos suaves, ojos de toro como el abuelo.
Su pregunta condimentó lo real y lo más acertado, o lo más superfluo y nefasto y banal y mentiroso que uno puede llegar a ser, por menos peligroso que para ustedes sea, hay algo que el mundo moderno no entiende. No comprende que todos somos potencialmente peligrosos. Temporalmente caballeros. Y cautos.
¿Por qué escribo en la misma línea esas ambigüedades? Porque no lo son.
Ser caballeros señores, implica un espíritu sigiloso, un corazón lo suficientemente inmune para amar a más de una mujer, más de un lugar, e incluso, más de una película.
Lo que nos convierte en peligrosos por dejar al lado del camino, las mujeres más hermosas y más desnudas que comprueban la existencia de Dios, supremo y poderoso.
Retomo: Por eso cuando Luna Morena preguntó: -“Abu, ¿Crees en la poesía junto a la fidelidad?” dejé caer el asombro, dejé que mis anteojos recetados se bajen solos a la punta de mi nariz, y dejé, solo para no hacerme cargo, que el pasado venga y el futuro sencillamente desaparezca.
No iba a encontrar la respuesta en mis primeros cincuenta años, no soy lo suficientemente cómodo para sentarme a idealizar el pasado, como muchos que al perder sus ideales pasan la segunda mitad de la vida añorándolo.
Sentí que era mi primera situación límite en la segunda etapa de vida. Poesía y fidelidad juntas, mi nieta mirándome y yo, optando por la profundidad de un pensador de cincuenta y pico o la vulgaridad de los corazones del nuevo siglo.
Como dije al ver por primera vez a su madre: -“Uno es ajeno a su propia obra” porque las vivencias no certifican verdad, no salvan vidas ni son pensamientos lógicos para todos. El otro, es quien, debidamente y religiosamente debe afinar su vista y ver, o no, a uno con sangre crítica. Le dije eso también a ella. No tardé y mis argumentos fueron que lo poético y lo fiel, pasan por dentro de uno. Una mujer, una familia, una buena parrilla y algunos discos. Eso es lo visible y lo publicitariamente ideal, pero no podemos canalizar el amor, el deseo y evitar la existencia del otro por una norma regida a partir de lo moral y perpetuo.
Le solté la verdad. Respondí lo que pensé desde un principio, escuchó el no del abuelo y sus ojitos me miraban con atención.
Después de todo la palabra de un abuelo a una nieta vale por dos, por tres, y hasta por diez. Pasando los cincuenta me acababa de dar cuenta que a veces no hay nada más poético que un hombre de palabra.