Tenía la vista inútil, esperando noticias de último momento que la lleven al colapso del “yo sabía” o que la devuelven suavemente al alivio de horas atrás.
Sus manos cuidadas, sus uñas sin pintar, su figura viéndola desde el otro lado del pasillo, su gamulán emparchado en los codos, su pantalón llevando sus piernas largas y el detalle del enmarcado de sus ojos.
Eran vísperas de un estado de ánimo poco alentador. La vigilia no la dejaba desandar el camino entre ciudad y pueblo, sin siquiera darle soltura a un descanso mirando la noche sobre la ventanilla.
Quería ignorar el valor del teléfono llevándolo bajo el abrigo, para censurarlo por la fatalidad casual que podía despertar dentro de la pantalla.
Lo miraba, releía un mensaje llegado hace horas, lo tapaba, lo guardaba, lo maldecía, lo detestaba.
Algunas lágrimas se le escapan y sus uñas sin pintar siguen ahí.
Se siente el reclamo del aparato al sonar, se siente un lagrimeo del otro lado del pasillo, le sigue un llanto de garúa lo más parecido a una llovizna de mes cuatro. Una sensación que es difícil de contar por lo que lleva y por lo que trae.
Leyó el mensaje, mordió sus labios y reacomodó su cabello.
Mi vista seguía tomando su figura de coté, leyendo sus labios que armaban la frase “no puede ser”.
Las oraciones leídas la tenían lejos del descanso, sin saldo para borrar esa nube de su asiento contra la ventanilla. Teniendo mis ojos en los suyos que descubrían el perfil de su cara, mientras ella, con sus labios armaba palabras de castigo. Lejos de escucharle la voz, lejos de mirarnos de frente y preguntarle que te pasa y a donde te llevo, que quien te hace mal y hasta que planeta nos vamos juntos.
Pero me di cuenta que mis ojos eran míos y solo podían mirarla y su voz y su todo era, justamente, solo de ella.
Al teléfono por fin lo guardó, a los codos los cruzó sobre sus rodillas y a su boca la abrió para sacar una bocanada de aire triste, sin aliento y sin respuestas. A sus anteojos negros los reemplazó por sus manos que secaban la sobra de las lágrimas.
La garúa del lagrimeo siguió hasta que pudo dormirse. Con el afán de robarle un color al sueño para llegar a la estación en paz.
Yo salí de mi cobardía cuando la vi descansar. Ahí me animé a cruzar el pasillo para tener sus párpados cerca y su cara tangible. Para abrigarla con su gamulán, para que tenga al menos, un final de viaje sin ser presa de lo que llegue. Para dejar atrás los espíritus de ciudad e ignorar las malas del pueblo al que va, con palabras tiradas en una esquina preguntando como es que está.
El Guarda anuncia la próxima estación prometiendo llegar a horario para no impacientar a los despiertos que se alistan con sus valijas y acomodan sus bufandas.
Ella, con todo alrededor duerme.
Duerme porque le duele. Le duele la mitad de noche que le tocó pasar. Descansa hasta el anuncio a vapor de su vagón que llega a destiempo y la obliga a meterse dentro del gamulán, con todo su cabello azabache confundido en la noche, con sus anteojos perfectamente negros, con la fea sensación de haber llegado, de ya estar ahí, de no haber podido robarle ningún color al sueño, para arrastrar la valija hasta abajo, para ser abrazada desinteresada, teniéndome a mi por única vez detrás del vidrio enmugrecido y a él, que la recibe sin darse cuenta la mujer que recibe, que la abraza sin saber abrazarla y que la toma del brazo, sin siquiera mirarla una bendita vez a los ojos.
