Los martes no son de Luna

Se muerde apenas el labio inferior y piensa mirando para arriba.
En sus ojos sin fondo le inquieta ese techo alto gusto a Biblia, los resortes de catre añejo y el martes, entre otra cosas.
Luna, apenas novicia, apenas una pobretona de pocas palabras, sabía de las habladurías en la misa de los martes, por eso se convenció que ese día era el peor de la semana, por eso se dio cuenta que ese día no tenía ningún otro propósito que llevarla al miércoles con desprecio y mal humor.

El castigo por quemar su mascota y haber usado cartas ajenas como papel de fumar, no le impedía rienda libre a sus pensamientos. No le era molestia cumplir con ese tipo de castigos. Estar descalza repitiendo avemarías o amasar esos escones desabridos para las clases de catequesis. Ahí, en esos momentos se imaginaba en la París de Jeunet o tocando violín en una plaza de pueblo.
El único castigo que la lastimó fue estar lavando las marquesinas al lado de la capilla, desde donde oía la misa de los martes.
El primer martes las dejó pasar. Al segundo y al tercero todavía pensó en dejarlas diluir, esperando la gota que rebalse su paciencia.
Juró venganza y esperó la noche. La noche más negra, sin luz ni nubes.
Por última vez pasó por el cuarto de la Superiora, la maldijo en voz baja y dejó correr la llave de gas, yéndose descalza, mordiéndose apenas el labio inferior.