Al reconstruir lo bélico de la noche, dejó salir la misma risa animal semejante a la anteúltima de sus andanzas.
Se ruborizó con gestos inocentes, recordó con picardía al hombre, dispuesto a casarse con la mujer de tacos que despertó los mandamientos esa noche. Sonrió sensual, recordó cuando asustó a esas muchachas mironas entregadas, entre tacto y burbujas, a pasar un buen rato juntas.
A las doce y un minuto no paraban de sobrar copas que se acariciaban y tías con mensajes pastorales. A las doce y un minuto, esta mujer ya se veía fatal.
La fiesta de año nuevo tenía comienzo de película, comienzo de noche primor y de tortura dulce, ni bien pasó el último brindis de la primera hora nueva.
La ciudad le pedía fiado la luna al Señor, que no perdía costumbres levantando la copa transparentada con un poco de anís sobrante de la bodega de la casa.
Cenicienta mira y piensa que esta noche sus caídos no serán de arma de fuego, que no habrá bayoneta ni sangre de pólvora.
Por primera vez en el año sacó de la cartera sus cosméticos, tapando la primera lágrima teatral para seguir bailando sobre el césped entre excesos y discreción, sumando envidias por el poco vértigo de llevar el cuerpo arriba de esos tacones inquietos.
Delicada se asienta el rouge, pincela sus labios y los afirma rozándolos. Se encuadra en el espejo para verse, tira un beso al frente y lo deja ahí, para quien intente persuadirla.
El parque la recibe con nuevas copas. Baila. Lo hace meciéndose en el compás de una música Disco. Su cintura muestra la estampa intacta del ballet escolar y sus gestos muestran a la carmelita en bambalinas de la guarda de su habitación de niña, convertida ahora en amuleto.
La noche está ahí, sin disipar las miradas acalambradas de hasta el más caballero de la reunión. Los alcoholes suben y los prejuicios se celebran mirando al cielo, porque eso es una fiesta y el seducir y ser seducido toman el As hasta no tener más corazones por tachar.
La música alimenta y su cintura marca el aire, lo perfuma, se lo roba a las demás, lo deja espeso para intimar, para acomplejar a ellas pobres idiotas.
A Cenicienta no la impacienta que la noche tenga el cronómetro de la libido. Sabe con exactitud meridiana como tomar esos momentos, aunque vea conspirar contra ella por llevarse las miradas más preciosas, ella goza y sigue marcando el aire.
Licores, maltas frías y luces móviles arriba de sus pestañas se le juntan en el iris y los hombres intentan la conquista con el alma por los pies, pero el doblaje de alguna historia le permite seguir en las alturas de sus tacos, esquivando oportunistas con placer, dejándolos con la idea de que no saben renunciar, de que no saben morir.
Es siniestra pero no lo aparenta porque su cautela y su boca desbarataban cualquier resistencia, y sus brindis no se limitan a ningún motivo más que al éxtasis colectivo del primero de año, con ese vandalismo escotado, maldiciendo a las mujeres de alianzas, al amor eterno, a los pasajes bíblicos de su tía y al placer plástico de la cama estándar del recién casado. La noche se va quedando sin arena y sabe que necesita en su cuerpo algo de sudor ajeno.
Cenicienta desviste su cuerpo, lo hace suavemente quedando sin su ropa interior, confundida por el Pop Art del retrato del dormitorio, exhibe ese mínimo lunar y lo entrega al roce suave debajo del saco Armani, dejando visible ese reloj dorado para un buen motín. Ella arriba lleva a babor las velas, los vientos enrulados y el murmullo de quienes disfrutan el uno del otro.
Después, fugaz y elegante abandona el cuarto sin perder la guía de sus tacos, aunque haya estado buen rato para recuperarlos, improvisando un rodete para lucir su cuello con olor a sexo, va caminando por la sombra de las lámparas de la sala entre almohadones ya usados y labios marcados en telas finas. Tropieza pero no cae. Sonríe. Se toca el pelo y no puede dejar ahí lo que vio. Lo alza con sus manos transpiradas y sale caminando a su auto.
Las solteronas que bailaban rozándose en el parque le clavan los ojos parpadeados por algún que otro cigarro, invitándola a pasar un rato todas juntas. Pero no. Cenicienta está antojada de otro capricho. No le alcanza con sexo ni con ese suizo que se llevó del Armani.
No duda y no tarda lo que se demora en medio trago. Asegura el cerrojo, carga con la recámara lista, traba uno de sus codos y disfrutando eso de la risa animal, dispara al tumulto de faldas cortas, entre el vigor y el gusto a extra brut de las balas de ese rifle, su último juguete.
Ríe y se deja caer en la butaca del Mustang, levanta sus tacos y vuelve a reír de más por la tragicomedia. Ya poco importan los símbolos y poco importarán los canteros y los arreglos florales castigados debajo del cupé 64’ que por la ventana siente colarse al primer sol, con ella recitando algún tema de esos que pasan por radio, con el pequeño adornito de ballet colgando del retrovisor. Con sus manos, todavía incoherentes acomodando el espejo y dejando a su espalda una noche, un motín fácil, un par de envidiosas asustadas y el rifle como su último amante, sometido al perfume de mujer.
