“No.Vi, eeemmm. Bre” decía pausado y en voz baja armando la palabra en el aire del bar. Muy largo para escribir, recordaba. En su época de primaria le costaba muchísimo la manuscrita en esas carátulas que hacía.
Tenía que pensar en otra cosa. Ya había mirado el reloj y con tristeza se acercaba el horario pactado. Se enojó. Sacó una pregunta al aire, de esas que sólo se responden cuando uno viene de la madrugada, vacío de preguntas y lleno de respuestas cortas.
¿Por qué tengo que mirar la hora si sé la hora que es?
No podía enojarse por la hora que era. Faltaba poco y poco es nada. El tiempo pasaba, los días iban por las estaciones de un año no tan bueno en una ciudad insalubre, y faltaba cada vez menos para darle el porqué al encuentro. Iba a poner límites a la diplomacia absurda de quienes ya pelean por algo más que un buen rato de aire neutro, mirándose con silencios parecidos a los de una obra de teatro under, de esas que hacen fila por el barrio de al lado.
A modo y antojo estaba allí por el, para dejarse llevar por algún impulso, algún agujero en el pecho, un ojo en su ojo o un largo beso a la mejilla.
Su orgullo de mujer tendría que argumentar a favor de la misma historia o a favor de un cambio, por más que signifique morir por dentro, morir por matar lo inevitable.
Con las manos transpiradas y los codos sobre una mesa de madera, de esas escritas con leyendas nocturnas, pensó en alguna situación para estar tranquila. Puso mute a su propio silencio y estacionó sus ojos en la calle que estaba del otro lado de la ventana.
Sintió ser los tacones de Bergman, calzados bajo ese cuerpo y ese cabello suavemente logrado, sin frizz ni novela. Pasó a Humphrey sin rasparse por la nicotina fuerte de esos puros, sin siquiera notar la desdicha de ver que todos los caminos conducían ahí, a esa, la única escapatoria posible, la de cruzar el agua olvidándola para construirse otra historia.
Ella estaba ahí, con ese peinado elegante o en ese traje de caballero ambiguo, sintiendo las venas tirantes, allá, en la jugosa década de los cuarenta donde el sentir se hacía impulso y el pensar era extinguirse.
Tiró el último pedacito del sobre de azúcar sobre la borra del café y siguió con la vista huérfana en el día/exterior/calletransitada y volvió a sus adentros.
En ningún momento le preocupó la posibilidad de sumergirse en el Cine Negro, en ese mundo de gángster trajeado. No lo pensó. Entraba y salía en esa pareja hasta que salió de cuadro para abrir otra puerta, para meterse en la idiosincrasia lejana de otro drama y de otro Saloon. Las diligencias con pocos amigos, la tierra indómita y sudada de los varones con sombrero tejano.
Hasta sintió estar en escenas de El bueno, el feo y el malo sin impresionarse por esos tiros de mano cambiada y mujeres públicas.
En sus adentros seguía caminando lejos del bar. Caminaba con pies polvorientos y el cabello, ahora salvaje y más bien crudo.
Confirmaba que los hombres del llano no eran modelos de tapa, sino impostores con reloj de bolsillo, que se hacían dueños de las monedas de un banco mientras ella y la mesita del bar parecen estar dentro de esa escena, en ese árido bodegón.
Se alentó por lo joven y linda, intrigante y aventurera que se veía en el recorrido. Se dio cuenta, también, que había desmantelado su propia cabeza sin siquiera haberse levantado de la silla.
Secó sus manos en los pantalones mientras cerraba lo pensado. Acababan de caer un montón de palabras a su cabeza. Muchas no alcanzaba a leer pero si a entender lo que traían. Corrió el pelo de su cara, notó que sus ojos estaban vidriosos y que su vida, o al menos su mañana, no estaba hecha para cambiar de género, para irse del Drama Romántico al Cine de Tiros a Caballo, para pensar si ese era el único punto de salida, lo único porque correr y alejarse, para pensar en que si las cosas chocan necesariamente lastiman, para saber si con él sobraban las mismas pasiones o si tenían silencios parecidos.
De su bolso sacó cambio en billetes arrugados y los dejó cerca del pocillo. Abandonó la silla sin notarlo, indignada por el peso del mundo moderno que en estos días es más importante que el amor entre dos personas insignificantes.
Abrió la puerta con un pie y salió a la ciudad. La semana seguía siendo la misma, la avenida seguía a tres cuadras y la calle pedía, todavía, menos peatones y más amor.
