Detesta la lluvia y los días color gris, piensa lo monótono de que todo día de lluvia se parezca a morir, que cuando llovizne el día y el mundo se torne gris.
Sabe, y lo sabe muy bien, que esos días lo deprimen, lo ponen mal, angustioso, pesimista, nostálgico y enfermizo. Por eso decide ser ajeno a la ciudad encerrándose en su propia casa.
Pinta las paredes del caserón con colores vibrantes, pretende un microclima que lo lleva a tener bajo techo parcelas con lirios y margaritas violetas.
La calle pasa a ser el pasado y los ambientes de la casona ahora tienen luz artificial con fuentes de luz blanca, ventanas que no permiten mirar al otro lado, ventanas mentirosas
porque con proyectores rescatados del altillo, exhibe películas con primavera en todos los planos, haciendo que cuando puertas afuera llueva, sus ventanas muestren paisajes soleados, imágenes de una ciudad en septiembre, montes con verdes bien tupidos y vida por todos lados.
El tocadiscos toca la buena música según sus oídos. Pasa meses con blues y con jazz, ignorando aquello que le molesta a su molestia, lo gris, el color lánguido y triste del gris de la lluvia.
Los meses se van sumando. Piensa en positivo y todo lo que busca y quiere, lo encuentra y lo disfruta en la casa, perfectamente ambientada para la buena vida de nuestro hombre.
Pinta. Pinta al óleo notándose una persona sensible, asintiendo con la cabeza, aprobándose para volver a pincelar sus figuras, su temática de colores fuertes.
Aprende eso de ambientar según sus pálpitos, lee poesía e incursiona en lo culinario de su cocina de tres hornallas.
Pasa largas horas bajo las luces blancas. Siente que el cuerpo le pide luz y calor para mantenerse lejos del mundo, de su lluvia y de sus días grises.
Lee sobre reptiles y fotosíntesis y siente que él tiene mucho de eso.
Techa el jardín, lo hace con rapidez por temor a las nubes. Para sentirse totalmente a resguardo, siguiendo con ignorancia los impulsos insanos y oscuros que lo carcomen. El hombre cree inquisitivo, que su fobia está enterrada, que su elección es tan racional como tenerle miedo a las nubes y a un color.
Esa tarde, corre como todas. Con las agujas del reloj de uno en uno y con el durmiendo la siesta diaria.
Sueña. Se mete involuntariamente en el subconsciente, bajando al mundo de los sueños sin poder manejarlo, sueña como lo hace cualquier vecino de la cuadra. Al despertar poco y nada le importará la secuencia del sueño. Lleva una vida quejándose por no recordar esos instantes.
El hombre tiene los ojos cerrados y se mueve de lado a lado, dormido, molesto. Está soñando y quizás no lo sepa.
Cuando despierta ya no ve en colores. Sus pupilas ahora son blanco y negro.
Desespera, rasguña paredes, grita, grita y sigue gritando. Descalzo y ahogado, esperando que algo le devolviera los colores, pasa la vista por sus óleos, por las escenas contra las ventanas y al fuego bajo la pava, que ahora lo ve completamente color gris.
Refriega sus ojos, rompe los espejos y de rodillas pide explicaciones al Dios más cercano.
La vida de este hombre cambia. Aumenta sus hábitos poco ortodoxos, dudando de sus ojos y de su mente. Trata de memorizar que colores tenían las cosas de la casa para ponerles un cartel con el nombre del color, para tener una ayuda de memoria en medio del caos.
Al aire grita su desconfianza, sintiendo que su vista esta mintiendo. Tiene miedo que sus ojos pasen rápidamente a la duda, y de la duda a enloquecerlo por completo.
De la vereda de en frente se escuchan los gritos y los golpes que salen del caserón. Sin pensar que detrás de la doble hoja de madera, hay un hombre a punto de morir por la duda y por la persecuta. Por los hábitos que vienen malos, con esas manos mal aprendidas por la cafeína: La vía más corta, el camino menos sinuoso para no dormirse.
El temor a cerrar los ojos lo llevó sin escala a las pastillas, siguió por los continuos desmayos, tres, cuatro, cinco días sin dormir. Los desmayos casi invisibles llevaron al estado de ansiedad: Comer. Tragar, Devorar. Con el correr de las semanas su cuerpo cambió. Ojeras, parpados negros, pulso acelerado, descoordinación, alucinaciones, dudas, dudas y más dudas y cero certezas.
El hombre se hincha, la piel se le abre y su rostro no puede mas, los ojos le pesan pero los tiene tensados por la piel corrida de lugar, por la ansiedad que se la estira.
Ahora la gente sigue caminando la vereda mojada, escuchando la agonía en los gritos, mientras una gotera rompe la idea y moja su rostro, mientras la voz se le va porque se está muriendo para siempre, obsesionado y enfermo por un color que lo llevó a la locura.
