La aNciana

La cáscara de mandarina arriba de la estufa. El calefón en piloto y los patines de felpa.
Su ojo de vidrio está empañado por el aire encerrado. Y eso no le molesta.
Para no sentir el pecado, la conciencia le flota en la meseta de una vejez que apareció temprano.
Sus manos son las que hacen el hilado de memoria, va enhebrando sus propios cortes y modelos en pulloveres Punto Arroz y Santa Clara, sentada siempre en la sala que da a la calle, pasando la vida con ese pasatiempos que desde un tiempo le es, macabramente rentable.
Con la soda tibia y el sifón de vidrio delante, ilustrando la tarde y la noche y la mañana siguiente, con la sola rutina de destejer y tejer y de pasar un paño de agua tibia por alguna parte de la prenda que lleve sangre impregnada, de alguna partecita donde la lana lleve la dureza de la sangre seca.
La destreza para el oficio y la fragilidad de los años eran puntos aprovechados para sostener la herejía, que no podía verse ni siquiera cuando se paró sobre su bastón y llegó lentamente al cuarto donde estaba la lana. Cuando empujó el picaporte para afuera, destrabó la puerta y se encontró como en todos estos años, con el cuarto lleno de abrigos desparramados en el piso de madera, con toda esa montaña macabra de prendas sin sus difuntos que son profanadas por las agujas de la anciana.
Avanza apenas levantando sus zapatos, con el bastón haciendo a un lado las camperitas de colores chillones y los chalequitos con botones, hasta dar con la prenda que pretende destejer aunque un corte a la altura del pecho haya rajado el hilo.
No se queja por el fuerte olor de la habitación, ni por esas polillas que van comiendo algunos tejidos, solo nota como una manga le hace temblar los tobillos y la tumba hacia atrás, sintiéndose entregada a la caída y a un escote en V que le sube por el brazo mientras un saco le aprieta el cuello, a la vez que un pequeño polerón de niña tira de sus canas y la oculta debajo de la montaña de ropa, donde los intentos por escapar dejan en el piso un par de rasguños, un bastón ahora huérfano y un ojo de vidrio que gira, todavía empañado.