Estuve en una ciudad que concentra todo lo que un niño no debe ser cuando sea grande. Todo el tiempo que un padre dedica a la educación, en ese lugar tiene chances de irse a la mierda. La ciudad tiene una rara mezcla, más poderosa que un bife con mermelada o que una empanada freída en aceite viejo horas después de una peritonitis. Tiene, ladies and gentleman, una palabra madre: Regateo. Verbo que se mezcla con tentación. Escrita en cursiva y todo y que parece difícil de asociar pero no. Mirá, desmenuzá: Hacé el recorrido desde el pollo en la granja a la Ensalada César. Acá pasa algo así. Todo se deforma y puede convertirse en Cerdos y Diamantes pero una versión más engrasada, algo así como Libaneses y Tipos Comunes.
Un viaje al emporio de la abundancia, donde se escucha todo el tiempo un coro degenerado, “qué procura señor qué procura, pendrai veinte reale, veinte reale”, “cinco dólar che ra’á, cinco dólar no más, cinco, cinco”, así se anuncia un día en el templo del consumismo, el lugar sagrado para el pija chica que usa un saquito de té para dos tazas, que guarda los restos de jabón para después amucharlos y volver hacer uno entero. Que quiere conseguir lo suyo tan rápido y tan fácil como lo dicen los vendedores en los pasillos, cubiertos de camperones de cuero sintético y parlantes para Iphone. "Abrigo amigo dié dólar amigo, dié abrigo dié”. Es el lugar indicado para él, que quiere un plasma para su living. Y no le importa sudar, comer grasas saturadas en un puesto callejero y no ser dueño de sentarse en un inodoro digno. A ese tipo no le importa nada y va hasta Ciudad del Este para conformarse y alimentar sus gustos como quien va camino a descubrir el garaje donde está guardada el Arca de Noé.
En ese sitio, en ese puntito de la triple frontera, está Libanés.
Libanés hace la diferencia gozando a Tipo Común en su papel de Comprador tipo, común, silvestre. Libanés es persuasivo y tiene cara de garca. Quiere que se le dé la cifra que él quiere para llevársela a su casa y guardarla en un Tupper en la mesada. Sabe cuánto plata llevás y cuánta será suya, y, como tiene cintura Libanés, deja jugar y saborear a su cliente, lo hace pensar que puede sacar un buen precio. Usa un cinto feo, probablemente con una hebilla de plata. Pero tiene cintura Libanés, se mueve en una baldosa. Sabe hasta dónde bajar, sabe perfectamente cómo reacciona el humano porque lo estudió, lo tiene anotado. Libanés sabe rascarle donde le pica.
Comprador tipo, común, silvestre; regatea. Lo hace generalmente nervioso, con una mano en el bolsillo para aferrarse a algo. Regatea con un aire de confianza porque no quiere ser más común de lo que es, no quiere darse por vencido en la segunda cifra. Negocia. Pregunta. Señala. Lo hace sintiéndose dueño, poderoso, sin darse cuenta que Libanés mirándolo atento, lo deja divertirse, como si fuese su hermanito y lo lleva a un parque de diversiones. Lo sigue con la mirada y lo goza, como quién muestra la punta del ovillo a un gatito dulce y juguetón.
Comprador tipo, común, silvestre; sonríe y hace el trato. Le da la mano mirándolo alivianado y triunfal, siente una brisa que le acaricia de costado el rostro, se siente coronado, se siente El Zorro montado en Tornado haciendo willy siempre arriba del mismo montecito.
Libanés guarda el dinero y estira su brazo para el acuerdo. Él sí es Tusám, él es Stallone en Riesgo Total. Tiene el poder que le vendió a Greiscol.
Comprador tipo, común, silvestre; sale diciéndose que se mandó un negoción, que es el number one del regateo. Y ahí se va, con el plasma al hombro, esquivando moto taxis y vendedores ambulantes rumbo a su living, siendo una presa más, de la caza indiscriminada de boludos.
