Dominga Eureka

Dominga Eureka está obsesionada.
Sus horas de sueño no llegan a completar una de sus manos.
Ella camina. Camina apretando fuerte uno de sus puños.

Hasta el hartazgo caminó días y caminó noches llegando a la casa mucho después de lo pensado.
Encontró que su reloj de arena tiene humedad y que las nubes de su cuarto a punto están de evaporarse. Ahora, las canillas pierden, el techo le hace ver el cielo y las muñecas de porcelana lucen enojadas por la cantidad de tierra que tienen sus pómulos.
Dominga Eureka sin embargo siente regocijo, se siente plena aunque sus ojos estén para otra cosa, para cerrarse y descansar. Camina despacio, lo hace dejando las huellas de sus pies en los baldosones de granito que siempre detestó y no se atreve a descansar apoyada en la pared, porque sabe que el mínimo peso dejaría la casa hecha polvo. Por eso camina por el medio de la habitación y el sendero que marca sus pies se aleja de los zócalos sucios y va amuchando porquerías a los costados.
Se enoja, se enoja mucho pero ni siquiera susurra, no hace otra cosa más que respirar y apretar fuerte uno de sus puños.
Se enoja al ver que el techo se venció con el granizo y las tormentas, al ver que las goteras ganaron de pared a pared y que la mesa del jardín está dentro del comedor, patas para arriba y aboyada justo donde, años atrás, ella ponía sus centros de mesa.
Le limpia el polvillo con el volado de la pollera y afirma la maleta con delicadeza. La abre y los ojos se le hacen grandes. Respira. Lo hace y solo siente el perfume de la soledad, de la casa en hilachas. Vuelve a respirar. Esta vez para darse tranquilidad al momento de verla por segunda vez en su vida. Toca la maleta que la supo resguardar y limpia sus ligeras manos, que la trataron con sutileza en el hurto y en viaje. Sonríe porque no hay marcas del agua, ni óxido ni nadie alrededor que pueda acusarla. Nota que está inmaculada, la toca, la levanta, la besa, la mira y parece como una flor en medio de ese silencio.

A Dominga Eureka termina de no importarle nada. El vecindario ya no existe, el anotador casero ahora es papel amarillo con direcciones pasadas por agua, la calle está sola y sucia y a ella le queda recostarse en haber conseguido lo que quería, la maldita corona del rey.