Si el clima decide cambiar va a llover. Y con
esa cantidad de agua no podrá salir del campo. Y tendrá que quedarse una noche
más. Así da la sumatoria, toda la secuencia termina en eso, en él pasando otra noche
con el viejo en la casa del casco.
Y el viejo no quiere que se vaya. Ya sabe que
una vez convencido por el clima todo será más fácil. La tabla grande de madera
con salame, queso en cuadraditos y aceitunas negras, un vino que ya subió del
estante de las botellas y después algunos cuantos troncos de eucaliptus para
que no se duerma el fuego, para conversar mientras los troncos hacen ruido hasta
que los venza el sueño. Ese es el panorama.
Al viejo, al mismo tiempo que planifica todos
los movimientos dentro de la cocina y alrededor del hogar, se le dibuja una
sonrisa al agarrar la jarra de agua. Una sonrisa grandota, de esas que solo entran
y se dibujan en las caras de los viejos, una sonrisa que traía una idea precisa
para hacer que se quede.
Me cayó una gota, le dijo al viejo ni bien
salió de la casa para cargar los bolsos. Se paró en el jardín y se tocó la
mejilla. La tenía mojada.
Mirá como está allá abajo, dijo el viejo. Él
busca de donde viene la voz y la encuentra, el viejo desde el balcón estira un brazo y señala el horizonte, justamente a eso se refiere con allá abajo, siempre trazando alguna parábola
para referirse al cielo, al sol o al horizonte o a cualquier fenómeno intangible
que ve por el campo.
Si ya está así no va a demorar mucho la lluvia.
Y ya sabe qué pasa cuando acá empieza a llover.
Él lo escucha y vuelve a tocarse la mejilla. Me
cayó una gota recién, insistió.
El viejo devuelve el comentario con una mueca,
vacía, con pocos gestos, como si la mímica molestase.
Tiene todo listo para irse del campo pero la respuesta del viejo lo dejó con una indecisión que parece imposible de resolver. Es el clima con toda la secuencia. Y también con la mejilla mojada en el jardín, casi noche, casi seco. Mientras el viejo, desde el balcón de madera, custodia atento cualquier pensamiento con la jarra de agua atrás, en su espalda, atento para salpicar y hacer llover otra vez.
